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¡Gaseen a los moros del Rif! septiembre 30, 2013

Posted by jonkepa in Historia, Rif.
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España también posee una leyenda negra ligada a las armas químicas. En 1923 decidió dar una lección a Abd el-Krim para vengar a las 8.668 víctimas del desastre de Annual. Y arrojó miles de bombas de gas mostaza contra las cábilas sublevadas.

El general Berenguer autorizó que se rindieran y los oficiales pactaron con los rifeños de Abd el-Krim la entrega de las armas a cambio de sus vidas. Los 3.000 soldados españoles salieron del fuerte construido en el Monte Arruit y se prepararon para la deshonrosa evacuación. Al recibir la orden de marchar, los rifeños los atacaron para degollarlos con sus gumías. Muchos fueron torturados; otros, despanzurrados vivos. Apenas hubo 60 supervivientes. Los cuerpos quedaron pudriéndose al sol. Era el 9 de agosto de 1921.

El desastre de Annual, las matanzas de españoles en Dar Quebdani, en Zeluán y en el Monte Arruit, se saldaron con 8.668 soldados españoles muertos o desaparecidos, según escribió Indalecio Prieto en su crónica para ‘El Liberal’, y desataron el deseo de venganza en un país herido y rabioso por la guerra de Marruecos. No hubo dudas ni voces contrarias. Se escogió el terror, bombardear las cábilas rifeñas con gases asfixiantes. «El ejército español sufrió en Annual un descalabro terrible. Al margen del número de muertos se instaló en el país la humillación de haber sido derrotados por aquella banda de desharrapados. Surgió un ánimo de revancha, de exterminarlos», señala la historiadora Rosa María de Madariaga, autora de ‘Los moros que trajo Franco’.

Tras el fin de la Gran Guerra, en 1918, se había acordado que las grandes potencias no volverían a usar jamás ese tipo de armas en Europa. «Pero no hubo el menor reparo o escrúpulo en emplearlas contra los pueblos colonizados como hizo España en el Rif o la Italia de Mussolini con Abisinia. Se decía que así se evitaba prolongar la guerra y que se ahorraban vidas», sentencia Madariaga.

«Lástima no te hayamos podido mandar una escuadra de bombardeo, para con gases llevar la desolación al campo rifeño y hacerles sentir nuestra fuerza, rápidamente y en su terreno», telegrafió el rey Alfonso XIII al general Dámaso Berenguer, jefe del gobierno y alto comisionado en Marruecos a las pocas horas del desastre. No había dudas. Apenas una semana después de la matanza, el 16 de agosto de 1921, el Consejo de Ministros aprobaba una partida de 14 millones de pesetas que «estaban destinados a la producción y adquisición de agentes químicos», apunta el comandante y profesor René Pita en su obra ‘Armas químicas. La ciencia en manos del mal’.

Los agentes químicos habían sido usados con profusión en la I Guerra Mundial. La iperita o gas mostaza, un agente basado en el cloro que genera ampollas en la piel, causó millares de bajas desde su primer empleo, el 22 de abril de 1915, en el saliente de Ypres, al noroeste de Bélgica.

Las primeras compras de agentes nocivos por España, documentadas por Madariaga, fueron 50.000 litros de cloropicrina y los equipos necesarios para poner en marcha un taller de llenado de proyectiles en la Maestranza de Artillería de Melilla. Todo adquirido a la casa francesa Schneider. La matanza había acelerado las cosas, pero España, neutral en la Gran Guerra, tenía un especial interés en hacerse con ese tipo de armamento. El propio Alfonso XIII había mostrado ya en 1918 a las autoridades alemanas su deseo de fabricar armas químicas.

Bombardeo desde aviones

En 1921, el germano Hugo Stoltzenberg puso las bases del actual Complejo Tecnológico de La Marañosa, en las afueras de Madrid. Hacer iperita no era fácil. Se necesitaba tecnología punta y sustancias como el oxol, un precursor del gas mostaza que España no estaba aún en condiciones de fabricar, y que compró a Alemania. «No menos importante que el castigo y la depresión de la moral rifeña, la capacidad de fabricar los elementos más modernos de guerra en aquel momento (legales entonces) fue un importante logro nacional y transmitió a enemigos y competidores (Francia e Inglaterra) el claro mensaje de que España iba a imponerse en Marruecos», asegura el coronel José María Manrique.

Y aunque Stoltzenberg, precisa el comandante Pita, recomendó rociar con iperita a los rifeños desde aviones, como si fuera pesticida, lo más común fue el bombardeo artillero y que las aeronaves españolas arrojaran contra los poblados puñados de bombas de gas mostaza.

En el primer ataque documentado contra Abd el-Krim (educado en Málaga como maestro y luego becado en la Residencia de Estudiantes) se usaron ‘bombas X’ (fabricadas en Astra, en Gernika) lanzadas por pilotos y observadores desde los biplanos Bristol F 2B del 4º Grupo de Escuadrillas. Esa primera acción tuvo lugar el día 13 o 14 de julio de 1923. Aunque lo más frecuente fue el empleo de bombas C-5 (de 20 kilos, cargadas con 6,5 de iperita). Ignacio Hidalgo de Cisneros, quien sería luego jefe de La Gloriosa (la Aviación de la República), participó en aquellos bombardeos con iperita y recordaba bien sus (escasos) efectos. «No sé si la iperita causó daño en el campo enemigo. Parecía que los moros hacían gárgaras» con ella. ¿Las razones? «La poca concentración. La contenida en las cuatro o seis bombas que se tiraban se volatilizaba con la explosión y la que caía en el terreno era tan pequeña que no producía ningún efecto», subrayaba. De hecho, resalta René Pita, los ataques empezaron a hacerse de noche para evitar que el fuerte calor evaporara el cloro.

El empleo de gas mostaza por el Ejército español tuvo, como en la I Guerra Mundial, un cierto carácter azaroso. Los gases se volvieron en ocasiones contra los propios soldados que los lanzaban, hubo numerosos accidentes y los materiales empleados y los retrasos evitaron su uso masivo. «La iperita se volvía contra ellos. A los soldados españoles les pedían que no hablaran nunca de los gases», resalta Madariaga.

Sin embargo, el componente aterrador de las armas químicas sí causó un claro efecto desmoralizador entre los rifeños. El propio Abd el-Krim, que trató de comprar agentes químicos en el mercado negro y fue estafado, envió una carta a la Sociedad de Naciones alertando del uso por España de «armas prohibidas». José María Manrique y Lucas Molina, en su obra ‘Guerra Química en España 1921-1945’, argumentan por el contrario que las prohibiciones internacionales, como el Protocolo de Ginebra de 1925, no entraron en vigor hasta 1928, «bastante después de finalizada la guerra».

Tampoco se trataba de una guerra convencional, sostienen. «El enemigo era una auténtica nación en armas, tanto cuando se reunía en los zocos para abastecerse o se fortificaba en los poblados, como cuando se convocaba para pasar a degüello a sus enemigos, como ocurrió en Monte Arruit, donde las mujeres participaron en las atrocidades cometidas por los prisioneros».

De sus investigaciones se concluye que los bombardeos con iperita no fueron masivos, pero sí indiscriminados. En concreto, la memoria de enero de 1925 del Grupo de Escuadrillas Rolls de Ceuta señala que ese mes hubo 88 bombardeos sobre posiciones enemigas en las que se arrojaron 584 bombas de trilita y 33 de iperita; el mes siguiente se lanzaron 635 bombas explosivas y 120 con gas mostaza.

No hay nada nuevo bajo el sol. Ahora, cuando el mundo señala con el dedo a Siria, conviene recordar que España también tuvo tratos con el horror. Y muy recientes.

«Recuerdo el olor, como de un medicamento. El veneno, el arrhash, se quedaba en el agua, en las rocas. El ganado moría», dice Mohamed Faragi, entrevistado para el documental ‘Arrhash’, que reconstruye la memoria de las víctimas de los bombardeos. Mohamed Santiago, nacido en 1925, relata: «Mi madre tosía y tosía, mis hermanas quedaron ciegas, tosieron hasta la muerte».

En la zona iperitada funciona una organización de afectados que exige a España una reparación por los daños causados y por las secuelas de los ataques químicos.

duros de plata fue el rescate negociado por el industrial Horacio Echevarrieta con Mohamed Abd el-Krim para liberar a 357 soldados españoles. «Qué cara está la carne de gallina», cuentan que dijo el rey Alfonso XIII sobre el lance.

Julián Méndez en Las Provincias

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Comentarios

1. Bitacoras.com - septiembre 30, 2013

Información Bitacoras.com

Valora en Bitacoras.com: España también posee una leyenda negra ligada a las armas químicas. En 1923 decidió dar una lección a Abd el-Krim para vengar a las 8.668 víctimas del desastre de Annual. Y arrojó miles de bombas de gas mostaza contra las cáb..…

2. Aparejador - febrero 6, 2014

Pienso que es muy bueno el redacción. Salud@.


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