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Los héroes olvidados diciembre 11, 2012

Posted by jonkepa in Historia, Rif.
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Héroes olvidadosMelilla estaba engalanada, farolillos y banderitas adornaban las calles, la gente se había puesto sus mejores galas y recorría la ciudad riendo y cantando, henchidos de orgullo patrio, emocionados, todos apiñándose en la Plaza de España, donde habían montado el acto de entrega de condecoraciones.
Formaban los Regulares, los Caballeros de Alcántara, los Cazadores de Melilla, y la banda de música en

tonaba, uno tras otro acordes que las gentes tarareaban. Hacía un sol esplendido y llegaba el fresco del mar hasta los cuadros de hombres que marciales y mayestáticos permanecían en formación desde muy temprano.
Sentado en una de las lujosas salas del Casino Militar , el brazo derecho en cabestrillo, fumaba aspirando el humo con deleite. Era el primero que fumaba desde que Dios había permitido que saliese del hospital, el maldito doker con la cruz roja pintada.
Tan solo habíamos sobrevivido siete hombres de los cien que éramos en el blocao, que nunca bautizamos, pero que ahora se conocía como “Posición Búho”, en honor de mi viejo sargento, muerto allí defendiendo aquellas piedras y chumberas.
Durante las noches en el hospital, mientras me debatía entre la vida y la muerte solamente veía sus ojos muertos y vacíos, mirándome con la cabeza sucia y las barbas manchadas de sangre, apoyada en el suelo para siempre.
Casi me muero. Un tiro en el último momento, de Lebel francés, algún “paco” que mientras huía de los sablazos me vio allí asomado tan chulo y arrogante y no dudó en detenerse apuntarme y disparar. Un tiro limpio, que me atravesó el hombro y casi me deja manco.
Menos mal que el médico que me atendió era de los buenos y a base de paciencia y curas cada seis u ocho horas, y de unos medicamentos nuevos consiguió que no apareciese la infección y con ella las amputaciones ni ésas horribles secuelas que la guerra suele dejar en los hombres.
A estas alturas, casi cuatro meses después de todo aquello y con la Comandancia de nuevo en paz, aunque con grandes signos de rebelión, solo mantenía el brazo en cabestrillo pues me costaba todavía mover el hombro mucho rato, y la herida se cerraba como una estrellita en el pecho y una masa informe y rojiza en la espalda.
A mi lado el Cabo de Artillería Gonzalo García estaba de pie y caminaba nervioso arriba y abajo.
Nos habían dejado solos un momento, el maremagnum de altos oficiales y de civiles de alto rango que nos felicitaron y nos abrazaron como a hijos suyos cuando llegamos al Casino, ahora estaban fuera, preparando los últimos detalles del acto, esperando a que llegase el Comandante General, que era el que nos iba a colgar el pedacito de metal del pecho a Gonzalo y a mí.
Por la acción en el blocao del Búho, nos habían hecho merecedores, aunque yo no me veía merecedor de nada, salvo la suerte de haber salido vivo de allí, pero nuestra resistencia había permitido reorganizar fuerzas y ahogar en sangre la rebelión y por eso nos habían concedido la medalla Laureada de segunda clase. Al sargento González, al alférez Chacón y al teniente Gámez, de primera, aunque esta claro, a título póstumo.
El Regimiento recibiría una corbata para la Bandera, poca cosa si se tiene en cuenta que de la posición “A” no quedó nadie vivo, de la nuestra solo siete y de la del comandante Satrustegui apenas quedaron cincuenta de casi doscientos.
Allí estaba formado el Regimiento Ceríñola, con los bisoños reemplazos recién llegados con carita de susto, mirando el sol africano que quizá les iluminaba por vez primera, formados para rendir honores a unos que decían héroes.
Entró un capitán en la sala, el cabo Gonzalo dió un respingo, yo le di una última chupada al cigarrillo y lo dejé en una maceta muy hundido en la tierra húmeda y me puse en pie:
– Ya llega el Comandante General, ocupad vuestros puestos… Por favor.
A mí aquello de que un capitán pidiese las cosas por favor me sonaba raro, y más de boca de aquel mamarracho delgado y con cara de rata, que seguro era del tipo que despreciaba a la tropa, al enemigo y a todo el que no considerase a su altura social. Payasos como aquel había a patadas en aquel ejército de África, por suerte también estaba cuajado de valientes y así la balanza se mantenía en equilibrio.
Cuando salimos al sol de la mañana, vimos el espectáculo, los caballos y soldados de gala, las lanzas brillantes, los sables, los fusiles y uniformes limpios , los correajes relucientes, los ochocientos hombres que nos miraban y la masa detrás de civiles que coreaban ¡Vivas! A España, al Ejército y a nosotros…¡ A nosotros!.
Redios, no podíamos creerlo, el corazón se acelera y la ola de orgullo llena tu corazón y tus sentidos. Gonzalo, mucho más tímido que yo, aunque la verdad, en el blocao a cañonazos yo no le había visto la timidez por ningún sitio, agachaba la cabeza y miraba muy cortado a su alrededor, yo caminaba bien erguido, no podía doblarme, el cabestrillo me lo impedía y miraba alrededor, buscando entre los ojos de la multitud, los dos destellos verdes por los que mi corazón suspiraba.
Luego empezó el Tachín-Tachán del Himno Nacional y el Acto comenzó…
El Comandante general Almonte llegó del brazo de su hija. La bellísima Cecilia, cuando la ví, mis piernas temblaron y mi alma deseó gritar su nombre pero no podía, la tenía tan cerca y a la vez tan lejos.
Ella había clavado sus ojos en mi y no los desclavaba, intensa, con un calor que derretía mis sentidos, con tanto deseo que a veces debía apartar la mirada yo, para no saltar sobre el palco de autoridades y hacerle el amor allí mismo.
Hubo Misa, y Acto en Honor de los Caídos, y un discurso del general que aburrió a las ovejas, y gritos de la gente, y música, y al final, lágrimas cuando se leyeron las órdenes por las que se concedían las condecoraciones a cada cual, contándose con detalle la manera en la que cada uno había muerto:
Al Teniente Gámez por su valerosa defensa de la puerta, al alférez Chacón por meter el camión dentro, al Búho por matar él solo a más de la mitad de la kábila enemiga. Y a nosotros por la entereza y valor demostrados, sin oficiales ni suboficiales habíamos mantenido la posición hasta el último hombre, o casi.
A mi lado Gonzalo lloraba como un niño, las lágrimas cayéndole mejillas abajo empapando la guerrera de su uniforme nuevo. Entonces nos tocó el turno.
Se acercaron hasta nosotros el General, su señora esposa, rubia, elegante y delgada, muy parecida a su hija, que iba del otro lado, sonriente y radiante.
Llevaban detrás un soldado con una bandejita roja en la que reposaban las dos cruces rojas enmarcadas en laureles.
Primero se la pusieron a Gonzalo, que según protocolo se cuadró, saludó, se puso firmes y quedó erguido, las lágrimas cayendo mansas de sus ojos. La esposa del General le miró enternecida, le colgó la cruz al pecho mirándole con orgullo, luego su esposo el general le dio un apretón de manos.
Cuando Cecilia puso sus manos en mi pecho mientras me colocaba la medalla, el mundo se detuvo, ya no había ni música, ni vivas, ni jolgorios ni nadie alrededor, solamente los ojos mezclándose con los míos, solo ella mirándome muy fijo, los dos puñales verdes hundiéndose más y más dentro de mí, su sonrisa opacando el sol africano que nos iluminaba.
Puso la medalla al lado de la otra, la cruz al valor roja que ya me había ganado en Beni Sicar, aquellos moros y el cañón que querían llevarse, luego dejó su mano sobre mi pecho, se acercó a mis mejillas y las besó, muy cerca de la comisura de mis labios. Sentí su cuerpo estremecerse cuando lo hizo. Yo como pueden imaginar también me estremecía.
La gente irrumpió en aplausos cuando Cecilia me besó, pero en la cara de su padre el general, cuando me dio la mano, pude ver que al hombre el gesto frívolo de su hija no le había gustado ni un pelo, la señora Almonte, me miraba entre curiosa y desaprobadora.
Después las tropas desfilaron ante nosotros, Gonzalo seguía llorando emocionadísimo, mientras los guiones pasaban ante la tribuna, los soldados vista a la derecha, mirándonos de pasada como a Dioses.
Hasta mí llegaba el perfume a rosas de Cecilia, que de cuando en cuando, dejaba de prestar atención al desfile para que nuestras miradas se encontrasen y se dijesen sin palabras todo lo que estábamos deseando decirnos.
Después hubo comida de gala a la que por supuesto los dos laureados y familiares estaban invitados. Gonzalo iba con su madre, una anciana arrugada pero orgullosa, viuda de la Guerra de Cuba y que pese a su miserable procedencia, tenía más elegancia y donaire que muchas de las emperifolladas esposas de los oficiales.
Yo, claro, estaba solo. El coronel del Regimiento, en una visita al hospital me había contado que mi padre conocía los hechos por los que iba a ser condecorado, pero que contestó a la carta que le envió el Regimiento, el mismo coronel de su puño y letra, con otra corta misiva en la que agradecía pero declinaba la invitación, “motivos de salud me lo impiden” y sobre mi defensa del blocao, sobre mi valor, tan solo decía: “Cumplió con su deber como buen español”.
Salí a la terraza que daba a la Plaza de España para fumar, allí había un par de capitanes y tenientes, de punta en blanco, la raya perfecta en los pantalones, las gorras sobre una mesita y sujetando cigarrillos y tazas de café con extrema delicadeza.
El sol africano se ponía rojo como la sangre de las piedras del blocao, los oficiales me invitaron a su mesa, pero amablemente rechacé el ofrecimiento, miraban con envidia los dos pedazos de metal y tela que colgaban de mi guerrera. Sonrieron un poco cuando no quise unirme a ellos, y luego les escuché cuchichear como a viejas.
Mientras sacaba el cigarrillo de la cajetilla, tabaco francés regalo del coronel, pensaba en el alférez Chacón, en su cuerpo cayendo como un fardo, herido y aguantando hasta el final, hasta la última bala. Cuando encendía el cigarro, tapando la llama con la mano y luego escondiendo la brasa, vieja y sana costumbre adquirida en los secarrales del Rif, un olor a rosas llenó la terraza, y una risa cantarina llenó aquel espacio hasta ése momento vacío. Oí las sillas de los capitanes que chirriaban mientras estos se ponían en pie muy tiesos, sonrientes como serpientes, elegantes y cultivados, galantes hasta dar asco.
Entonces el olor a rosas llegó hasta mi lado, casi hombro con hombro, casi rozándonos. Sin mirarme dijo:
– ¿Estás preparado?
– Sí.. ¿Y tú?
– Yo estoy deseando que se acabe esta pantomima y que me abraces Pelayo…

EL TELEGRAMA DEL RIF EDICIÓN ESPECIAL ESCÁNDALO EN LA COMANDANCIA GENERAL
Los últimos sucesos acaecidos en ésta Comandancia durante los últimos días, han provocado más discusiones, más revuelo y más chascarrillos que cualquier ataque de las kábilas.
La fuga de la hermosa hija del Comandante General con el soldado Laureado parece casi un cuento de hadas romántico.
Había rumores en la Plaza de que la bellísima hija del General Almonte, visitaba mucho el hospital de heridos del Ramal Doker, lugar lleno de horrores, pero a la que la joven dama acudía a visitar a nuestros soldados heridos y enfermos, los rumores afirmaban que tales visitas se habían multiplicado desde que ingresó herido el soldado Pelayo Sotomayor, herido en el combate del Blocao el Búho, y que a veces, ella se quedaba hasta muy tarde allí, velando el sueño intranquilo de su amado.
Sea como fuere, ayer , tras el hermoso acto de entrega de condecoraciones al susodicho soldado entre otros, y la comida de gala en el Casino Militar, Cecilia Almonte y Pelayo Sotomayor, desaparecieron de la faz de la tierra.
La madre la señora Leovigilda, está en el hospital de Málaga, trasladada de urgencia con un síncope. El padre, el Comandante General, ha renunciado a su cargo y a pedido licencia del Ejército, desde la península se envía de urgencia a su sustituto, un tal General Silvestre, esperemos que sea buen militar o que al menos, no tenga hijas casaderas.
Los rumores afirman que la pareja de enamorados ha huido a América, y muchos en la ciudad les desean lo mejor, pues más emoción que las gestas heroicas ha causado esta historia de amor, entre el soldado y la dama.
Desde esta redacción nos unimos a ése deseo.
Melilla 1920

Antonio Villegas Glez. 11/12/12

Los héroes olvidados ( http://www.facebook.com/ant.villegas.glez)

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Comentarios

1. Bitacoras.com - diciembre 11, 2012

Información Bitacoras.com…

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