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EL PARAÍSO DE UN NIÑO abril 17, 2008

Posted by Carlos in Relato.
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por Carlos del Campo.

Con motivo del V Centenario de la conquista del Peñón, los organizadores de las celebraciones, que conocen mi estancia allí siendo un niño, me pidieron que redactase algo dirigido a los más jóvenes.

Después de darle vueltas a qué podría hacer, pues simplemente decidí contar mis recuerdos de aquellos felices días.

Lo que vais a leer a continuación es el relato de aquellos recuerdos…

I

De cómo nos enteramos de que íbamos al Peñón…

Es difícil, después de casi cincuenta años, recordar detalles de aquellos dos veranos pasados en el Peñón de Vélez de la Gomera. Intentaré rememorar las vivencias respetando en lo posible el enfoque de todos los acontecimientos que, como un niño de nueve y diez años, viví durante dos inolvidables veranos de mi vida.

En aquellos años, 1960-61, vivíamos en la Residencia Hípica de Oficiales. Ese edificio que hoy vemos triste y abandonado frente a la antigua entrada de la Hípica y que, en sus quebradas y ruinosas formas, aún conserva el señorío que ostentó antaño.

La primera vez que yo oí hablar del Peñón fue un día en que, al llegar mi padre del cuartel, nos comunicó que había sido designado para ocupar el destacamento con su compañía. Lógicamente, primero se desplazaría él pues la familia no podíamos hacerlo hasta que los niños terminásemos el curso por lo que iríamos al Peñón cuando nos dieran las vacaciones de verano.

Y junio llegó y los últimos días de curso se nos hacían interminables, por lo menos a mí, que no veía el momento de conocer el nuevo lugar.

Siempre fui un niño inquieto y aventurero. Ya con siete años había leído mi primer libro titulado “La vuelta al mundo de dos pilletes”. En él se narraban las aventuras de dos niños que, en innumerables viajes a lo largo del mundo, vivían acontecimientos que, con mi corta edad, consideraba fantásticos y envidiables. A aquel primer libro habían seguido otros tales como “Aventuras de David Balfour”, “Oliver Twist”, … Influenciado por la lectura de tan increíbles correrías, esperaba con avidez el momento de disfrutar de aquel viaje que la profesión de mi padre me deparaba y que yo imaginaba, al igual que los de mis libros, repleto de aventuras maravillosas.

Por fin llegó el momento y, cargados con un sin fin de maletas y bultos, emprendimos el, tan deseado, viaje.

II

De los detalles del viaje y de los sueños de un niño…

El día amaneció espléndido. El barco, creo recordar que era el “Ciudad de Ceuta”, nos esperaba en el puerto de Melilla amarrado al muelle con aquellas maromas que siempre me habían llamado la atención porque, vistas desde mi pequeño tamaño, me parecían exageradamente gruesas. Subimos al barco por una estrecha pasarela, con los costados tapados por lonas en las que se leía en grandes letras el nombre de la compañía Trasmediterránea y que, apoyada en el costado del mismo, permitía el acceso no exento de riesgo de dar un resbalón y que imponía por verse entre los travesaños de madera que la componían, las oscuras aguas del puerto bajo nuestros pies. Nada tenía que ver con los actuales artilugios que permiten acceder a los buques desde la Estación Marítima con total comodidad. Y, sin embargo, comparada con la que utilizaríamos para desembarcar, era todo comodidad y seguridad. Pero no adelantemos acontecimientos y sigamos con la cronología de los mismos.

No era para mí nada nuevo el viajar en barco. El cambio de residencia es algo consustancial a la vida militar por lo que, siempre, hemos estado sujetos a los cambios de ciudad que, la profesión del cabeza de familia, lleva consigo y yo ya había hecho la travesía de Melilla a la península y la contraria más de una vez, pero nunca me había parecido el barco tan atrayente y cargado de promesas y aventuras como en esta ocasión.

La travesía desde Melilla a Ceuta, con las escalas en el Peñón de Alhucemas y en el Peñón de Vélez, era menos aburrida que la que ya había hecho hasta Málaga y Almería pues, en ésta, se contorneaba la costa y nunca se perdía de vista.

Desde las bordas del buque, recorría con la mirada aquellos lugares y revivía e inventaba historias en las que yo era protagonista osado y valiente. Así me imaginaba abandonado en los farallones del Cabo Tres Forcas, sobreviviendo de la captura de mariscos y peces, como me imaginaba en el faro, en tierra firme, vigilando la inmensidad del mar o salvando navíos con la luz de guía que les procuraba.

Luego, ante mis ávidos ojos, desfilaban las calas salvajes de la costa marroquí y las tierras más altas salpicadas de pequeñas casitas que se perdían entre los bosques de pinos y se diseminaban por interminables laderas llenas de peñascos y yo, al ver aquellos paisajes, me sentía trasladado a las páginas que había leído en la obra de Henryk Sienkiewicz, “A Través del Desierto y de la Selva” y cual osado Stas revivía las aventuras que me cautivaron al leer el libro.

Más tarde, la costa se hacía más baja y largas playas fueron la antesala de la llegada al Peñón de Alhucemas. Todavía consigo recordar el estruendo de la cadena al largar el ancla, a una distancia respetable de la roca y siguen impresas en mis retinas las maniobras con las que, los marineros, habilitaban una pasarela en el costado del barco para permitir el descenso del escaso pasaje, pero voluminosa carga, que debía desembarcarse en aquel islote.

Al poco, vimos como una pequeña motora salía desde el peñasco y se acercaba a nosotros. Con una pericia que demostraba las innumerables veces que el timonel había realizado aquella maniobra, la pequeña embarcación se acercó al costado del barco y, no sin trabajo pero con gran soltura, consiguió quedar amarrada a éste. Rápidamente descendió el pasaje y así, en sucesivos viajes, fueron trasladados a la isla personas y mercancías.

Una vez finalizado el trasbordo, levamos anclas y continuamos viaje hacia nuestro destino.

III

De cómo vimos por primera vez el Peñón de Vélez de la Gomera…

A partir de Alhucemas, la costa se vuelve abrupta y el terreno se eleva a alturas considerables. A la vuelta de una de estas alturas, apareció ante nosotros una impresionante y majestuosa peña. Por primera vez, ante mis asombrados ojos, aparecía la silueta, inolvidable una vez la has visto, del deseado Peñón de Vélez. Por fin, ahí estaba, el fin del viaje y la ansiada meta, fin y destino de todos mis anhelos.

Desde la ruta con que accedía el barco al Peñón, la primera vista era y es realmente impresionante. Hacia la izquierda aparecía un alargado apéndice de roca, coronado por una muralla almenada y con garitas, algo ruinosa y con algunos tramos derruidos, a la que luego supe se le daba el nombre de La Isleta. Un vertiginoso puente de madera la unía al enorme peñasco que, desde ese punto, se erguía vertiginosamente hacia las alturas. Paredes verticales de roca coronadas por muros de mampostería en los que se abrían troneras que permitían adivinar su antigua utilización como emplazamiento de baterías artilleras, permitían adivinar la defensa empecinada de aquella fortaleza.

En algunas zonas, se abrían ventanas sobre los acantilados que permitían adivinar la existencia de innumerables construcciones y cuevas y, ya lindando con su extremo derecho, se divisaba un edificio bajo y robusto en cuya terraza se destacaba una gran luminaria, el faro del Peñón.

Coronando el conjunto, en la máxima altura, aparecía lo que parecía una pequeña ermita toda blanca y a la que se referían los que ya conocían el Peñón como La Corona. Junto a ella ondeaba orgullosa una bandera de España, tal y como lo lleva haciendo, día a día, durante los últimos quinientos años.

En su ruta y al contornear la roca el barco, fueron apareciendo ante nuestros ojos primero un entrante donde divisamos una gran gruta, excavada en la roca, y desde la que salía una empinada escalera, tallada igualmente en la piedra, y que subía hasta una primera zona llana donde se veían unos muros encalados y un núcleo de pequeñas hornacinas. Más tarde supe que se trataba del cementerio.

Fue en ese lugar donde el submarino Isaac Peral, al resguardo del fuego enemigo, fondeó para proceder a la evacuación de la población del Peñón en abril de 1921.

Desde el cementerio y siempre subiendo por empinadas escaleras, se llegaba a lo que parecía una nueva batería con su muro y las troneras abiertas para las piezas.

A partir de ese punto, las paredes verticales continuaban durante un trecho para después empezar a descender hasta un lugar que parecía ser un pequeño muelle en el que se divisaba una pequeña caseta y un trampolín lo que confirmaba el lugar como gozosa promesa para futuras zambullidas.

Luego, el terreno continuaba en un pedregoso rompiente que terminaba en una amplia playa de arena que unía el conjunto a la costa.

Encima del pequeño embarcadero, se levantaba un muro de unos veinticinco o treinta metros que tenía en su parte superior un pequeño artilugio con un largo cable y poleas. Continuando hacia la derecha, se apreciaba un gran portalón coronado por un escudo de piedra y con un garitón de techo redondeado que le daba protección.

Estaba contemplando todas aquellas maravillas cuando el estruendo de la cadena del ancla me sacó de mi embeleso. El barco se había adentrado en la ensenada formada por la costa y el Peñón y ya los marineros se afanaban en montar la pasarela que ya había visto en Alhucemas. Al igual que allí, rápidamente se acercó una motora pintada de gris en la que, un suboficial de la Compañía de Mar de Melilla, manejaba con soltura el timón. En ella pude adivinar la silueta de mi padre que acudía a recibirnos y unos marineros con blancas camisetas y pantalones azules se aprestaban a realizar las maniobras necesarias para amarrar la embarcación a la pasarela ya instalada en el costado del barco.

Aunque el día no estaba malo, sí había un suave mar de fondo, magón decían los marineros, que hacía bastante dificultoso el desembarco. Los niños no tuvimos grandes problemas para el desembarco pues si los más osados brincamos rápidamente a la embarcación aprovechando uno de los momentos en que barco y motora estaban a nivel, los más pequeños y las niñas más temerosas, fueron cogidos en brazos por los marineros y depositados en los asientos de la motora. Mi madre y mis hermanas mayores, fueron ayudadas por mi padre y por los marineros, logrando el trasbordo sin problemas.

Aún resuena en mis oídos el rítmico sonido del motor de aquella añorada embarcación que tranquila pero firmemente nos acercaba a tierra.

IV

De nuestra llegada al Peñón. Primeras impresiones…

Con un fuerte siseo, la proa de la motora se clavó en la fina gravilla que formaba la playa del istmo que unía el Peñón a la costa. Rápidamente saltamos a tierra y, mientras se desembarcaban los equipajes y suministros que atiborraban la embarcación, los niños correteábamos por la playa investigando otras embarcaciones que se encontraban cerca del punto de desembarco.

Poco más allá, desde unas pequeñas construcciones (luego supe que era la mejaznía, especie de puesto fronterizo marroquí) un par de uniformados policías y algunos lugareños, nos miraban con curiosidad.

Luego, mientras el personal de la Compañía de Mar continuaba con su labor de traer a tierra, en sucesivos viajes, todos los suministros que se enviaban desde Melilla para la guarnición del Peñón, mi padre nos llamó y, excitados por tanta novedad, emprendimos el camino hacia la entrada de aquella fortaleza.

Según nos dirigíamos hacia la roca, a la derecha, se extendía La Isleta, que vista desde este lado, parecía mucho más grande y fortificada. Por su extremo izquierdo, el puente que ya habíamos visto al llegar, la unía con una zona donde se advertía un torreón almenado.

Debajo del puente y por un orificio que pasaba la roca de un lado al otro, entraba, a impulsos del oleaje, un gran chorro de agua que mantenía llena una charca en la que se podían ver bandos de peces de variados tamaños.

Continuando hacia la entrada del peñón, al pie del muro, se abría un oscuro túnel que sellado por una vieja verja de hierro oxidado y carcomido, me recordaba los pasajes de la prisión donde Edmundo Dantés, El Conde de Montecristo, sufrió su cautiverio.

Por una ligera pendiente llegamos al pequeño embarcadero donde se encontraba el trampolín, “la cadena” lo llamaban y, efectivamente, parecía ser el lugar preferido para el baño.

Justo detrás de la cadena estaba el muro que ya había visto desde la motora, el artilugio que había visto en su parte superior era una pequeña grúa que, al poco, vi en funcionamiento. Por medio de ella, se subían hasta un primer lugar los suministros que el barco había traído y luego, desde allí, ya a brazo, se transportaban hasta su destino final.

A unos metros de este lugar, se abría el portón de acceso al Peñón. Para mí fue como entrar en otro mundo, me sentí transportado a los escenarios de mis libros y ya desde el principio, supe que aquel viejo peñasco, no me iba a defraudar. Subiendo por aquellas empinadas callejuelas, todo tenía para mí un valor añadido, aquel que mi fantasía desbordada, me hacía apreciar en cada uno de los rincones y en los detalles más insignificantes.

Después de subir unos tramos de escalera, a la vuelta de un recodo, nos encontramos con una segunda puerta de entrada. En un torreón fantástico, como sacado de un escenario medieval y coronado por almenas, se abría un portalón de madera que desde mi pequeño tamaño me pareció enorme.

Seguimos, en pos de mi padre, y después de un largo recorrido por pendientes, túneles y escaleras, llegamos hasta una pequeña plazoleta en la que, en el centro, encajada en una base de cemento había un mástil en el que hondeaba una bandera de España.

Desde esta plazoleta que luego supe que se denominaba Plaza del Horno, se tenía acceso a varios edificios. Tal y como se accedía a la misma, quedaban, a la izquierda el comedor de los soldados, un poco más adelante, también a la izquierda y subiendo una escaleras, estaba la cocina. Luego al frente continuaba la calle y a la derecha, se abría la plazoleta. De forma cuadrada, uno de sus lados era la calle y el comedor y cocina ya descritos. Una vez en ella se tenía acceso al horno de la panadería en uno de sus lados, a la Casa de las Minas donde vivían unos ingenieros y empleados de una mina que había en las inmediaciones del Peñón y en el tercero estaban dos viviendas, una la del Comandante Militar y otra ocupada por otros mandos del destacamento. En una de esas viviendas, en la del Comandante Militar, íbamos a vivir nosotros el tiempo que durara nuestra permanencia en el Peñón.

La casa tenía dos pisos. En el bajo estaban el comedor y la cocina y en el piso superior estaban los dormitorios y una pequeña terraza que daba a la ensenada por la que habíamos desembarcado y que, desde aquella altura, tenía una vista impresionante sobre el istmo con sus playas, los montes de la zona marroquí y la costa que se prolongaba hasta un peñasco, llamado “el chumbo” y que era el extremo más lejano que se divisaba por ese lado.

Me llamó la atención comprobar que, en todas las habitaciones, habían quinqués como los que había visto en algunas ocasiones en películas. Pequeños artilugios que consistían en un depósito de cristal con petróleo, y una embocadura metálica por la que asomaba una mecha, que se podía regular con una ruedecilla; luego, una tulipa de cristal transparente, abombada por abajo y que se estrechaba en su parte superior, se encajaba en la embocadura, evitando que la llama que proporcionaba la luz, se apagase con el viento. Nos fueron muy útiles durante toda nuestra permanencia en el Peñón pues a partir del atardecer y hasta un poco después de la cena, se ponía en marcha un motor de gas-oil que proporcionaba electricidad pero que, a partir de determinada hora, se paraba, teniendo que utilizar para iluminarnos los quinqués ya descritos.

Poco más pudimos hacer ya aquel día pues, en reconocer la casa, ver todos los rincones, repartirnos dormitorios y camas, deshacer equipajes y ordenar armarios, se fue la tarde y después de la cena y de un rato de tertulia familiar alrededor del quinqué de la cocina, nos fuimos a descansar pues el día siguiente prometía innumerables novedades y había que estar en forma.

V

De nuestras primeras aventuras…

Unos gritos extraños me despertaron. Primero fueron largos y estridentes para después pasar a una especie de carcajada histérica y entrecortada. Procedían de la terraza cuya entrada se encontraba al lado de la puerta de nuestro dormitorio.

Con cierta curiosidad no exenta de prevención, fuimos abriendo la puerta y cual no sería nuestra sorpresa al comprobar que una enorme bandada de gaviotas se había apropiado del lugar. Las bisagras de la puerta chirriaron y aquello provocó una desbandada general. Todas las gaviotas emprendieron el vuelo a la vez emitiendo los graznidos que me habían despertado y con un ensordecedor y furioso batir de alas, se elevaron al cielo describiendo círculos sobre nuestras cabezas. Hermosas y esbeltas criaturas planearon durante un rato y, al comprobar que no abandonábamos la terraza, se dirigieron con su vuelo calmo y majestuoso hacia las zonas más altas del Peñón.

Pronto el estómago me gruñó recordándome que ya eran bastantes horas las que hacía que no me había acordado de él y un delicioso olor a pan recién tostado, me llevó a la cocina donde mamá nos había preparado unas tostadas con margarina y unos humeantes tazones de leche con cacao nos esperaban en la mesa.

Una vez hubimos dado buena cuenta del desayuno, nos pusimos los bañadores y nos dirigimos hacia “la cadena”, el embarcadero que tenía el trampolín y que habíamos visto la tarde anterior.

Bajábamos por la estrecha callejuela y curioseábamos todo lo que encontrábamos… ora un oscuro pasadizo, ora el dormitorio de los soldados, vacío en aquellos momentos y al que nos permitió entrar el cuartelero que había en la puerta, ora el túnel que pasamos el día anterior donde pudimos ver la capilla…

Todo nos llamaba la atención y todo lo explorábamos con infinita curiosidad.

Seguimos por aquella callejuela hacia la entrada del Peñón y cada vez me sentía más en los mundos de aventura de mis libros y sólo faltaban los piratas con sus patas de palo, sus garfios en lugar de mano y sus parches en el ojo para que la sensación de estar viviendo una novela de aventuras fuese completa.

Cuando llegamos a “la cadena” había allí otro chico de mi edad. Moreno y delgado, Luís –que así se llamaba- estaba sentado en el trampolín y se dedicaba con atención a pescar. Cuando nos vio llegar, se levantó y se acercó a nosotros con timidez. Pronto se rompió el hielo y, con esa facilidad que únicamente tienen los niños, nos pusimos a hablar de los asuntos que nos importaban con una confianza y familiaridad que parecían de toda la vida.

Luís empezó por explicarme los aparejos que utilizaba para la pesca: en un pedazo de sedal de unos metros, había “empatillado” (termino de pescadores que yo desconocía) una potera de cuatro anzuelos. En la parte superior de la misma había colocado una plomada que abrazaba el hilo doble y por encima de esta una segunda plomada que se deslizaba dejando libre un hueco entre los dos hilos. En ese hueco, colocaba un trozo de sardina (que tenía en una lata conservadas en salmuera) y lo aprisionaba entre las dos plomadas, quedando justo encima de los anzuelos de la potera.

Al lanzar aquel extraño aparejo al agua, una nube de peces de lomo oscuro y vientre plateado, “pachanes” los llamaban, se abalanzaban sobre el cebo y, cuando más espesa era la aglomeración, bastaba un tironcillo seco para ensartar en los cuatro anzuelos de la potera uno, dos y hasta tres ejemplares que, si no muy grandes, dada la gran cantidad que cogíamos en un rato, daban para hacer una buenas frituras de “pescaito” que nos sabían doblemente bien por ser el fruto de nuestras “pesqueras”. En ocasiones, entre aquella barahúnda de “pachanes” se colaban “obladas” plateadas y con el lomo verde azulado con una mancha negra en las colas y “sargos”, también plateados y con una mancha también negra, en este caso en la cabeza detrás de los ojos y cuando al dar el tirón del aparejo, alguno de aquellos ejemplares, en ocasiones de hasta medio kilo, quedaban prendidos en los anzuelos, nuestra alegría se desbordaba y corríamos ufanos a enseñar nuestro trofeo a todo el mundo.

Algunas veces, a través de las cristalinas aguas, veíamos como un pulpo se acercaba atraído por la carnada y entonces, dejábamos reposar en el fondo la potera. Con un impulso el animal se abalanzaba sobre el cebo y, al poco, dando un seco tirón, lo ensartábamos con los anzuelos y lo sacábamos debatiéndose y arrojando chorros de agua con negra tinta que nos ponía perdidos y daba lugar a jolgorio y bromas y que luego nos lavábamos en la playa mientras comentábamos las incidencias del lance.

Más adelante, nuestras artes pescadoras aumentaron y, acompañando a los mayores a los lugares desde donde se lograban las mejores capturas, pudimos conseguir piezas de hasta dos y tres kilos: “samas” y “pargos” brillantes y de tonos rosados, oscuros “abadejos”, “gallinetas” con su vistoso color rojo y sus peligrosas espinas y “doradas” parecidas a los “sargos” pero mas estilizadas y con la mancha de la cabeza dorada y negra.

Otra de nuestras ocupaciones mañaneras, consistía en el “marisqueo”: dedicando un rato a husmear entre las rocas de la orilla, rápidamente llenábamos nuestros botes de “burgaillos”, “lapas”, cangrejos que llamábamos “pelúas” y de los que aún conservo cicatrices de las mordidas de sus tenazas con las que se defendían y, en ocasiones, algunos mejillones y percebes.

Cuando el calor empezaba a apretar, llegaba la hora del baño. Teníamos tres opciones: una de ellas era el baño en “la cadena” zona rocosa de aguas cristalinas que dejaban ver un fondo poblado de vida, los erizos de variados colores alternaban entre los negros, pequeños y de púas afiladas, y otros más voluminosos, de colores marrones, azules y blancos y de púas más cortas; estrellas de tonos marrones y anaranjados, algas verdes y pardas y, entre ellas anémonas de variados colores a las que pronto aprendimos a respetar después de sufrir la picadura de sus tentáculos urticantes. Pegados a las rocas de la orilla, otras especies de anémonas, de color rojo intenso, las llamábamos “tomates” y, cúmulos de coralillos de brillante color anaranjado, poblaban las zonas más resguardadas del sol.

Luego, a ambos lados del istmo que mantenía unido el Peñón a tierra, se abrían sendas playas que permitían un baño más cómodo para los más temerosos y, según viniera el mar de uno u otro lado, siempre había una playa resguardada que podíamos utilizar.

Pronto mi piel se curtió con el sol y el agua salada. De andar todo el día descalzo, mis pies se endurecieron hasta tal extremo que pude prescindir totalmente del calzado y las camisetas dejaron de existir para mí, correteando todo el día únicamente con el bañador y soportando, estoicamente, el calzado y la camiseta, media hora los domingos, para asistir medianamente arreglado, a la misa dominical.

VI

De grutas y galerías. El charcón…

Por la tarde continuamos investigando aquella maravilla que el destino y la profesión de nuestro padre, nos habían regalado.

Subiendo la calle desde la “plaza del horno”, nos encontrábamos con un arco que daba paso a la otra parte del Peñón, justo enfrente se abría un túnel que se introducía hacia la derecha.

Ávidos de aventura, nos introdujimos por aquel pasadizo. En el lado izquierdo se abrían algunos huecos que permitían contemplar los acantilados y los montes de la costa marroquí por aquel lado.

Mirando hacia abajo, las paredes de roca del Peñón caían en vertical absoluta sobre el mar y allá abajo, atraídos por los restos orgánicos de la basura que por allí se arrojaba al mar, se veían algunos bichos de gran tamaño que parecían “marrajos” especie de tiburón mediterráneo muy abundante en aquellos años por las costas de Marruecos.

Siguiendo por aquel túnel se llegaba a una de las antiguas baterías donde las aberturas en el muro, sugerían el emplazamiento de los cañones que, en tiempos pasados, escupieron por ellas su carga de hierro y fuego, en defensa de este pedazo de España. A la derecha, dos enormes grutas excavadas en la roca, sugerían depósitos de municiones y lugar de protección y descanso de los artilleros que manejaron aquellos cañones.

Del emplazamiento artillero, se podía salir a la calle principal de subida junto al torreón almenado que habíamos visto el día anterior.

Ya que estábamos allí, guiados por Luís, continuamos hacia la entrada del Peñón donde nos dijo había otro pasadizo subterráneo que nos llevaría a otro lugar lleno de encanto: “el charcón”.

Justo a la izquierda del portalón de entrada mirado desde dentro, se abría una entrada protegida por una oxidada verja de hierro, que daba acceso a una empinada escalera que se internaba en las entrañas de la roca. Entramos por aquel paso con reverente temor impulsados por una curiosidad irreprimible. Pronto la oscuridad nos rodeó y esperamos unos minutos para que nuestra vista se acostumbrará a ella. Cuando empezamos a distinguir las formas del túnel, nos internamos por él y al poco dimos con una bifurcación. El ramal de la derecha daba a la verja del oscuro túnel que el día anterior habíamos visto en la base de la muralla y los pasajes del libro de Alejandro Dumas volvieron a mi mente. Me veía como un pequeño Dantés perdido en aquellos túneles y mi imaginación desbordada me hacía disfrutar de todo aquello con fruición.

Siguiendo el ramal de la izquierda, llegamos a una pequeña abertura que daba acceso a la zona inferior del Peñón, justo debajo del puente de madera que lo unía con la isleta y en una zona completamente salvaje donde el mar batía con fuerza. Pegada a la base y excavada en la roca, se abría una profunda cueva que sugería tesoros de piratas y refugio de marineros naufragados.

Después de investigar todo aquel maravilloso entorno, dimos por concluida la aventura e iniciamos el regreso hacia las partes altas donde esperábamos encontrar más maravillas para disfrutar.

VII

De cómo nos dedicamos a la cacería y de nuestros primeros tés en el Sevilla…

Después de comer, nada podía mantenernos en reposo y así, apenas nos permitieron abandonar la mesa, corrimos a reunirnos con Luís para continuar descubriendo las maravillas de aquel paraíso.

Retomamos el recorrido justo después del arco por donde bajamos hacia la batería de cañones y continuamos hacia la izquierda. Justo enfrente del túnel que habíamos recorrido por la mañana, se habría una gruta. En la puerta un letrero de madera identificaba aquella dependencia: “Depósito de Víveres”.

Entramos en aquel enorme almacén y empezamos, con el visto bueno del encargado que nos recibió con toda cordialidad, a investigar y explorar lo que contenía. En un lateral, enterrados en una montaña de sal, había almacenado una gran cantidad de piezas de tocino. En otro rincón, seleccionados por tipo de legumbres, se amontonaban sacos de arpillera. Cajas de cartón contenían pastas y botes de conserva y, en otro rincón varios sacos de harina esperaban su destino de convertirse en bollos de pan que amasarían los responsables del horno donde un panadero civil dirigía las labores de panificación.

De pronto, un nuevo elemento vino a traernos un aliciente para acudir a aquel almacén. Entre los sacos de legumbres, unos ojitos negros y brillantes nos observaban con curiosidad. Cuando nos acercamos a ver a quien pertenecían, un pequeño ratón de grandes y redondas orejas, dio un salto y se perdió entre los sacos. Comenzó la cacería y cuando al fin conseguimos capturarlo, lo metimos en una caja de cartón y fuimos a enseñarlo al resto de la gente. No pocas horas de mi estancia en el Peñón transcurrieron correteando entre aquellos montones de sacos dedicado a la caza y captura de aquellos pequeños roedores y que ya fuera porque se acostumbraron a nosotros o porque fuimos adquiriendo experiencia, cada vez nos resultó más fácil su captura.

Más tarde otra novedad vino a incrementar el cúmulo de nuevas experiencias: Íbamos a merendar al cafetín del Sevilla.

El tal cafetín era una de las miserables casuchas que había ya en terreno marroquí junto al istmo. Su propietario al que, no se por qué, llamaban el Sevilla, había construido un chamizo de cañas y palmas y había instalado una mesitas desvencijadas. Allí. Podías tomar un delicioso, mentolado y dulcísimo te moruno, con unas pastas que a mí me parecieron riquísimas.

El hecho de tener un enjambre de abejas revoloteando a tu alrededor y posándose en los labios para libar las dulzuras de aquel brebaje, era otro de los alicientes que nos atraía a los niños, al comprobar que aquellos animalitos que tan mala prensa tenían, eran capaces de cumplir con su misión recolectora sin ocasionarnos ningún daño.

VIII

De cómo seguimos descubriendo los secretos del peñasco…

Al día siguiente, retomamos nuestras investigaciones donde las habíamos dejado la tarde anterior. Continuando hacia la parte alta del peñón, nos encontramos con los restos de un puente levadizo en el que los tablones del mismo, estaban reforzados por tirantes metálicos y entre cuyos maderos, se podía ver una caída vertiginosa hasta el mar.

El puente estaba sostenido por unas cadenas, ya en desuso que lo unían con un torreón que en su día permitió su elevación para defender la parte alta del Peñón de posibles invasiones desde tierra.

El torreón, conservaba todo el sabor histórico y daba acceso a una cúpula, en parte excavada en la roca y que, en su esquina derecha, presentaba un acceso con una escalera de caracol. Subiendo por ella se accedía a la parte alta del torreón y asomado a sus almenas, podía imaginar a valientes soldados defendiéndose del asedio enemigo.

Allí arriba, también había una gruta excavada en la roca que permitía adivinar su uso como alojamiento de los servidores de aquel punto fuerte.

Siguiendo nuestro paseo ascendente, llegamos a una nueva cueva en la que, descansando sobre una base de obra, se encontraba el motor que nos proporcionaba la electricidad y que ya habíamos oído petardear por las noches.

Frente a la del motor, se abría una entrada que daba acceso a dos niveles de otras grutas. En el inferior, al que se accedía por un pasadizo abierto en el suelo, por el que descendían unas escaleras, en el interior de una gran caverna, se acumulaban materiales de desecho.

En el segundo nivel dos grandes salas sugerían antiguos comedores o dormitorios. Luego, siguiendo por una empinada y pintoresca calle, con arcos y contrafuertes que parecía sacada de una película medieval, accedimos al tercer nivel donde una sucesión de pequeños habitáculos, excavados en la roca y rematados por cúpulas de mampostería habrían sus ventanas en el muro, pudiéndose divisar desde ellas una vista completa y panorámica del monte “El Baba” y una caída impresionante directamente sobre el mar. Estas pequeñas cavernas, en número de cuatro, estaban parcialmente excavadas en la roca y rematadas por cúpulas hechas de piedras y ladrillos, lo que les daba un aspecto medieval.

Desde este punto recuerdo que había zonas de pequeñas casas pero mis recuerdos no alcanzan para mucho más.

Continuando hacia arriba, el camino se bifurcaba en dos ramales. Por la derecha uno descendente y otro ascendente por la izquierda.

Descendiendo por el ramal de la derecha, después de un corto paseo se llegaba a una escalera que descendía hacia un edificio de una sola planta y construcción robusta en cuyo techo, se podía ver un gran farol. Era el faro del Peñón que ya habíamos visto desde el barco a nuestra llegada.

Desde aquella atalaya, la vista era impresionante: al frente y hacia la derecha, el monte “El Baba” se alzaba con su majestuosa mole pétrea sobre el mar. Dirigiendo la vista hacia la izquierda, el mar inmenso hasta el lejano horizonte y, sobre el mismo Peñón, se tenía una vista de paredes verticales hasta el mar, y a la izquierda, el cementerio no dejaba ver sus tumbas como pequeñas cajas de zapatos vistas desde aquella altura.

Si en vez de haber tomado el ramal que nos llevaba al faro hubiéramos tomado el de la izquierda, éste se volvía más vertical y después de un recorrido fatigoso que, con nuestra poca edad no advertimos, llegábamos a la famosa “Corona”. Una pequeña ermita dominaba una zona plana rodeada de un pequeño muro y de unas plataformas con espacios que dejaban adivinar antiguos emplazamientos de cañones.

Aquel día, mi desbordada imaginación disfrutó imaginando todo tipo de aventuras pues cada uno de aquellos lugares y rincones, me sugerían un sinfín de vivencias y actos heroicos.

Después de aquella ajetreada mañana, nos dirigimos a la playa donde, sumergiéndonos en aquellas cristalinas aguas, aplacamos los calores que tanta actividad había provocado.

IX

De cómo conocí la vida de los pescadores y disfruté de alguno de sus pequeños placeres…

Los días siguientes transcurrieron con gran rapidez pues era tal el cúmulo de novedades y nuevas vivencias que las horas pasaban sin sentir. Pero un día, aquella tranquila actividad, se vio alterada por un nuevo hecho: la presencia de unos barcos pesqueros en la ensenada frente al Peñón.

Según comentaban los expertos en la materia, se trataba de una “baca” y una “traiña”. Salvo que una de ellas llevaba lo que parecían unas grandes puertas colgadas en su parte trasera, para mí eran prácticamente iguales.

Luego supe que aquellas puertas servían para hacer que las redes bajasen al fondo y poder capturar así ciertas especies que viven en las aguas profundas.

Con el “chinchorro”, pequeño bote de remos que tenía el destacamento de la Compañía de Mar, nos acercamos a los pesqueros y subimos a bordo. Por primera vez en mi vida, pude recorrer uno de estos pequeños barcos, visitar la zona donde duermen los marineros, el depósito donde llevaban el hielo y el puente, lugar desde el que se dirige la embarcación. Por cuestiones de seguridad, no nos dejaron entrar en el habitáculo del motor.

Recuerdo que, aquellos barcos arrastraban unos botes que llevaban unos grandes faroles. Estos estaban compuestos por una parte metálica parecida a un sombrero de anchas alas y una parte de cristal que protegía la luminaria. Como esos faroles iban encendidos, la parte metálica estaba sumamente caliente, tanto, que cogíamos unas hermosas sardinas que contenían las cajas de pescado amontonadas en cubierta y colocándolas sobre las alas de los faroles, transcurridos unos minutos, se habían asado y las comíamos con gran entusiasmo. Delicioso bocado aquellas sardinas, recién pescadas y asadas en aquellos improvisados braseros, recuerdo que me asalta cada vez que vuelvo a probar tan sabroso y típico plato nuestro.

En muchas otras ocasiones volví a disfrutar de aquella grata experiencia pues el Peñón era puerto de abrigo habitual para la flota pesquera de Melilla y frecuentemente recalaban allí lo que suponía un refuerzo para el menú de los habitantes del Peñón ya que nunca se iban sin haber regalado unas cajas de la pesca del día para la guarnición del Destacamento.

X

De cómo conocí el oficio de panadero y del proceso de la confección del pan…

Aquella tarde, el panadero del Peñón nos dijo si queríamos conocer cómo se hacía el pan. El único inconveniente era que la preparación se hacía de madrugada y los niños nunca habíamos trasnochado tanto. A pesar de todo fue toda una experiencia.

La panadería, como es fácil suponer, se encontraba en la plaza del horno. El edificio, grande y destartalado por fuera, en su interior parecía la antesala del infierno. Iluminado a aquellas horas por los consabidos quinqués; con sus paredes ennegrecidas por el humo de mil hornadas y con la llameante puerta del horno abierta, daban al conjunto una apariencia fantasmagórica de sombras y reflejos.

Allí conocí como se amasaba el pan, el porqué y para qué de la levadura, el tiempo de reposo para que ésta hiciera su efecto y la división y configuración de los panecillos que el panadero llevaba a cabo con gran soltura y que, una vez colocados en las bandejas para su horneado, parecían haber sido hechos todos con un mismo molde.

Pasado el tiempo de cocido, salían aquellos pequeños pegotes de masa convertidos en olorosos bollos, dorados y crujientes y los más pequeños nos quedábamos maravillados al ver aquella transformación increíble.

Luego, disfrutábamos de su degustación embargados por aquel perfume a pan recién hecho, perfume que también quedó gravado en mi memoria como uno de esos acontecimientos que nunca se olvidan y que una y otra vez se actualizan al oler el pan recién hecho.

XI

De cómo viajé a Cuatro Torres de Alcalá…

En una ocasión, habiéndose provocado tensiones con la Mejaznía como consecuencia de haber cruzado los límites fronterizos un grupo de soldados del Peñón, aprovechando una concentración del ejército marroquí en Cuatro Torres de Alcalá, mi padre programó una visita para limar asperezas.

Así, un día por la mañana temprano, se preparó la motora y, como muestra de confianza, mi padre decidió que yo le acompañara.

El viaje desde el Peñón hasta Cuatro Torres no es excesivamente largo pues sólo son unos cuatro kilómetros, pero la lancha militar no era una Duarry neumática como las que tenemos ahora, por lo que el viaje fue bastante largo aunque a mí se me pasó sin sentir. No recuerdo lo que tardamos en hacer el trayecto pero sí recuerdo que yo lo disfruté sobremanera. El día era radiante y el hecho de salir del Peñón ya era para mí toda una aventura.

Ya desde que salimos de la playa en dirección al “chumbo”, mi emoción no me dejaba estar tranquilo, pues el poder ver de cerca los acantilados que veía desde la terraza de casa, me provocaba una gran curiosidad. Después de un rato de viaje, alcanzamos el “chumbo” y cuando lo contorneamos, la costa se hizo menos abrupta y fue descendiendo hasta una playa en la que desembarcamos. Allí estaba instalado el campamento militar marroquí.

Recuerdo que me llamó la atención el aspecto duro y descuidado de aquellos militares. Acostumbrado a la esmerada presentación de nuestros soldados, aquellas fuerzas parecían sacadas de una película medieval. Los campamentos estaban formados por tiendas haraposas que poca protección podían dar y las condiciones eran de extrema pobreza. Sin embargo, y pese a su apariencia, no mostraban ningún signo hostil y en todo momento nos agasajaron y atendieron con toda amabilidad.

Muy productiva tuvo que ser la gestión de mi padre pues recuerdo que volvió muy alegre después de entrevistarse con el Jefe de aquellas fuerzas y, durante el regreso a casa, comentó que había sido un acierto llevarme con él pues, el jefe marroquí, había valorado mucho esa muestra de confianza y amistad.

XII

De cómo descubrí que hay cocinas más grandes que las de casa…

El suboficial de transmisiones era aficionado a la pesca submarina y un día, regresó de una de sus correrías con un enorme mero de más de treinta kilos. Yo nunca había visto un pescado tan grande y cuando comprobé que fácilmente podía caber mi cabeza en su descomunal boca, me impresionó bastante.

Decidieron preparar aquel bicho en la cocina de tropa y para eso procedieron a limpiarlo.

Nunca había visto escamas tan grandes, con gran esfuerzo consiguieron abrirlo y después de sacarle las tripas y demás vísceras, lo colocaron sobre una gran bandeja.

Por seguridad teníamos prohibida la entrada en la cocina de tropa pero aquel día hicieron una excepción y nos permitieron entrar para ver dónde y como se iba a preparar el extraordinario ejemplar. La cocina tenía los fogones cubiertos por unos aros de hierro que se podían quitar según la necesidad y el tamaño del perol que se pusiera sobre el fuego, y en la parte de abajo, tenía un horno. Todo era prácticamente como en casa pero mucho más grande.

Debidamente aliñado, introdujeron el mero en el horno y nos hicieron salir de allí.

Aquella noche cenamos mero al horno y recuerdo que me llamó la atención el tamaño de aquellas tajadas y el grosor de la piel. También recuerdo, que pocas veces me ha sabido tan rico y he disfrutado tanto comiendo como lo hice aquella noche en el Peñón de Vélez.

Otros muchos placeres culinarios disfruté por primera vez allí, los percebes, que poblaban en abundancia los rompientes del Peñón, fueron uno de aquellos descubrimientos; gruesos y enormes, nunca he vuelto a ver ejemplares como aquellos.

Y los mejillones también de un tamaño fuera de lo normal, animaron con frecuencia las comidas.

Y para terminar, no quiero olvidar los deliciosos centollos, allí los comí por primera vez y, hasta mucho tiempo después, anduvieron por casa las conchas utilizadas como decoración y ceniceros.

XIII

De cómo aprovechamos los domingos para visitar calas cercanas de los alrededores…

Algunas veces, aprovechando el descanso dominical, aprovechaba mi padre y nos llevaba a calas de los alrededores del Peñón, en excursiones que siempre suponían una novedad cargada de alicientes.

Aquellos lugares eran auténticos paraísos salvajes, colonias de aves marinas: gaviotas, golondrinas marinas y “painos” poblaban los riscos más altos y en todas las cuevas y recovecos, las palomas torcaces se amontonaban. Nosotros nos entreteníamos dando fuertes voces y palmadas que reverberaban en las verticales paredes que cerraban la cala, y que provocaban nubes de palomas y gaviotas que se lanzaban al vuelo asustadas por aquellos sonidos a los que no estaban acostumbradas.

Tengo un especial recuerdo de una de aquellas excursiones. Habíamos llegado pronto y mientras mi madre y mis hermanas mayores preparaban la comida, los pequeños nos dedicamos a explorar los alrededores.

Cuando nos avisaron que volviéramos a comer, como quiera que estaban en una zona donde el suelo era de guijarros de color gris, las brasas del fuego que habían utilizado para cocinar, ya en rescoldo y grises, no se apreciaban sobre el fondo de guijarros y yo que confiadamente me acercaba, pisé los restos de la hoguera.

Cuento esta anécdota para demostrar la dureza que habían adquirido mis pies pues, quitando unas pequeñas quemaduras que sufrí entre los dedos, aquellas zonas de la planta del pie que pisaron directamente las brasas, no sufrieron daño alguno.

XIV

De cómo disfruté por primera vez de la pesca a gran fondo y de las capturas conseguidas…

Habitualmente, salíamos a pescar con la motora y normalmente, las capturas eran numerosas y de gran tamaño.

Recuerdo que la carnada que se empleaba eran sardinas que se ponían en salmuera en grandes barriles y que acababan como las anchoas. Más de una vez, mientras estábamos pescando, cogíamos una de aquellas sardinas y, lavándolas en el misma agua del mar, las limpiábamos y comíamos pues tenían un delicioso sabor.

Los aparejos de pesca eran voluminosos pedazos de corcho, cortados en aspa, en los que se enrollaba el sedal, normalmente de grueso calibre y con unos anzuelos de gran tamaño.

Según el tamaño del anzuelo, ensartábamos media o una sardina y lo desliábamos directamente al agua. Luego, empezaba la espera, aguantando el sedal con el dedo índice con el que sentíamos los toques que el pescado daba al cebo hasta que, un fuerte tirón, confirmaba que el animal había picado.

Luego empezaba el emocionante juego de “trabajar” el pescado. Empezabas a cobrar hilo y, en ocasiones en que la tensión era excesiva, cedías un poco para, inmediatamente volver a cobrar y así, poco a poco, ibas acercando la presa a la superficie.

A veces, tenía que pedir ayuda a los mayores pues, si el bicho era demasiado grande, era mucha la fuerza que hacía, llegando a ocasionar cortes en los dedos con el sedal y me resultaba imposible sacarlo solo.

Resultaba sumamente emocionante pues nunca sabías qué clase de presa habías capturado y el momento más tenso era cuando, entre las oscuras aguas, empezabas a ver clarear la pieza que estabas izando.

¡Un pargo…! ¡No…, una gallineta…! ¡Parece un capitón…! ¡Un abadejo…! ¡Que grande…! Y así pasaba el tiempo volando y el suelo de la motora se iba llenando con las piezas capturadas.

EPÍLOGO

El tiempo pasó rápidamente y el verano llegó a su fin. La certeza de tener que regresar a Melilla nos entristeció los últimos días de estancia y el día que embarcamos de regreso a casa, la pena nos embargó.

Si embargo, esa tristeza se redujo bastante cuando mi padre nos dio la noticia: el verano siguiente, también podríamos volver al Peñón.

Y volvimos…, y disfrutamos otra vez de sus grutas, de sus galerías, de su naturaleza y de todos los regalos que ésta nos procuraba y volvimos a vivir aquella vida que al menos a mí me proporcionó mucho más de lo que nunca pude suponer.

Hoy, cincuenta años después, en esta ocasión ocupando el puesto que mi padre ocupó entonces, he tenido la gran suerte de haber podido volver al Peñón, el mismo en el que, siendo un niño de diez años, disfruté de una de las experiencias más gratificantes y recordadas de mi existencia y que, sin duda, permanecerá en mi recuerdo hasta que me llegue la hora de rendir cuentas al Altísimo al que nunca agradeceré bastante el inmenso regalo que para mi niñez supuso el Peñón de Vélez de la Gomera.

El segundo niño por la izquierda fue el niño que vivió los sucesos que en estas líneas os cuenta, ya como adulto y casi cincuenta años después.

Espero que hayáis disfrutado con esta pequeña historia…

Carlos del Campo.

Comentarios

1. jonkepa - abril 17, 2008

Si sabes más tú que yo de cómo va ésto, menos mal que me aclaro con el pichinglis.

2. Carlos - mayo 15, 2008

Amigo Jonkepa…

Estoy intentando continuar con esta narración y no le veo la forma…

¿Podrías darme acceso para editarla y completarla…?

Un saludo cordial.

3. jonkepa - mayo 15, 2008

Hola Carlos

Te tengo dado en el blog como contribuidor con lo que, en teoría, deberías poder colgar cualquier escrito sin problemas o modificar los que hayas escrito, como éste.
Caso de que no pudieras, puedes enviarme a mi correo el escrito para que lo adjunte a éste, siguiendo las instrucciones que me indiques.
Si cuando entras te aparece en la parte superior del escrito la frase “edit post”, clicas en ella y lo podrás cambiar, modificar o completar.
Un saludo.

4. Carlos - mayo 15, 2008

No me permite editar… Intentaré enviarte a tu correo los siguientes capítulos de esta narración y lo único que tendrás que hacer es colocarlos, en este mismo tema, a continuación de los que ya hay…

Voy a ello…

5. jonkepa - mayo 15, 2008

OK.

6. jonkepa - mayo 15, 2008

Hecho.

7. Carlos - mayo 15, 2008

Por cierto Jon Kepa, he abierto un blog personal con el siguiente enlace:
http://www.afrycar.wordpress.com

Si te parece, date una vuelta por él y déjame algún comentario en los temas que he abierto.

Espero que te guste…

8. jonkepa - mayo 15, 2008

Justo debajo del título del post, ¿ te aparece ésto?:

Posted by Carlos in Relato.
Tags: Add new tag
trackback , edit post

Si es así, clicando en edit post te aparece la pantalla donde se edita.

9. Carlos - mayo 15, 2008

Me aparece exactamente lo que te copio y pego:

Posted by Carlos in Relato.
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trackback

La opción para editar no me aparece…

10. jonkepa - mayo 15, 2008

Pues no lo entiendo. Le preguntaré a uno que sabe más que yo de estas cosas, a ver si él lo soluciona.
He visto tu blog, interesante, tiene mucho que ver.
Te he enlazado desde este y desde el de Jon Kepa, veremos si sirve para publicitarte, aunque mis visitantes en el otro me parece que son más anti que pro militaristas.
Un saludo.

11. jonkepa - mayo 16, 2008

Veo que ha funcionado.

Ahora puedes, además, editar lo que desees.

Un saludo.

12. Carlos - mayo 16, 2008

Perfectamente jonkepa… ¿Te gusta como ha quedado…?

Muchas gracias…

13. jonkepa - mayo 16, 2008

Me parece que está muy bien, no lo he leído entero porque estaba preparando uno sobre tornados en el otro blog y ahora me voy de paseo con mi señora, si la lluvia no me lo impide.

Ya puedes colocar más cosas si lo deseas.
Un saludo.

14. jonkepa - mayo 23, 2008

Así te ha quedado más chulo.

15. anagomera - junio 25, 2008

Pasé mi infancia en el peñón, cogia mejillones,percebes y cañailla con mi padre: encargado de motores destinado en los años 1966 y 77.
Aunque esa foto es muy antigua me parece que reconozco el hombre de la foto. no se ve bien la cara ¿ es sargento de la marina?
Ese lugar era el cuerpo de guardia, habia una caseta de ladrillo y la tropa hacia servicio permanente.

16. anagomera - junio 25, 2008

El barco que utilizabamos para ir al Peñón de Velez se llamaba…..
León y Castillo muy pequeño y pintado de negro.
Pimero desde Ceuta y luego, venia de Melilla.

17. velezgomera - junio 25, 2008

Todo los que han pasado por el Peñón de Velez se quedan impresionados de ese lugar ,por su tranquilidad tiene playas pequeña ,grande y un pequeño muelles casi destruido de bloques de piedras desgastado.Sus calejuelas estas como una ciudad vieja destruida por los piratas.
Cuando viviamos alli las casas estaban acondicionadas para las familias de los civiles y militares que pasabán los veranos destinados en la isla.
Nunca lo olvido, compro todo lo relacionado al peñon los calendario con sus fotos, tambien me han hecho una maqueta de piedra de la isla en miniatura metida en una caja. Siempre tengo recuerdos del peñón. Como muchas personas y niños que pasarón por la isla.
Adios peñoneros.

18. velezgomera - junio 25, 2008

El barco que llegaba al Peñón se llamaba León y Castillo
muy pequeño y pintado de negro.
Primero desde ceuta y luego desde melilla.Desde el barco hasta la playa nos llevaba una barca de motores y para la mercancia otra mas grande.
Tanbien me acuerdo de tomar el té en el Sevilla que hacia bolsos y
alpargatas de esparto, para tomar el camino cruzabamos la playa.
Estos y otros momentos eran tipicos del Peñón de velez
Hay muchos mas como la subida a la corona llena de geranio, un altar con la virgen de Velez.
Hasta pronto Peñoneros

19. velezgomera - junio 30, 2008

http://plazoletadevelez.metroblog.com/
Excusión por carretera desde la aldea de Bade
entra en mi metroblog para ver el video

20. marceli - junio 30, 2008

Sr. Carlos del Campo, me he entretenido a leer detenidamente su historia del Peñón de Vélez de la Gomera y aunque en mi caso tenia 22 años tuve la suerte como usted de recorrer todo el Peñón, su relato es excelente y los recorridos, como preparaba “la carnada” con sardinas y sal, el “empatillado de los anzuelos”, la preparación del pan y el olor a pan sacado del horno, tuve la suerte de estar como cabo de la Compañia de Mar, salir a pescar con el “civil-militarizado” maestro panadero en el chinchorro por usted citado, lo haciamos cada tarde y siempre volviamos con pescado y habiendo charlado toda la tarde, cada uno de los trazos de su escrito es como si los estuviera viviendo personalmente. Felicitaciones y gracias.

21. Carlos - junio 30, 2008

Amigo marceli…

Me ha alegrado mucho saber que mi pequeña historia ha servido para hacerte revivir tus sensaciones y recuerdos de cuando estuviste en el Peñón…

Tu viviste aquellas experiencias siendo ya un adulto y aun así te marcaron… imagínate el efecto que hicieron en mí que sólo era un niño de 9 años… quedé prendado de aquel peñasco para siempre…

Disculpa el tuteo pero cuando hablo del Peñón con gente que ha estado allí y ha sido capturado por sus infinitos encantos, los siento como parte de la gran familia que amamos aquella roca y por tanto muy cercanos…

Un saludo muy cordial.

22. Javier - diciembre 17, 2008

muy buenas tardes. Les agradeceria enormemente me indicasen si saben donde puedo conseguir el libro que se editó sobre el Peñon de Velez de la Gomera (creo que conjuntamente por la fundación Gaselec y el ICM)
Magnífico blog

23. Carlos - diciembre 18, 2008

Buenos días Javier…

El libro lo puedes conseguir en la Fundación GASELEC (tiene página web donde conseguirás teléfono y direcciones) o en cualquier papelería de Melilla.

Un saludo cordial.

24. Javier - diciembre 18, 2008

Apreciado Carlos,

Muchas gracias por la información. He llamado a la Fundación y me han atentido muy amablemente Ya he encargado mi ejemplar y espero recibirlo en Madrid muy pronto. La verdad es que me tiene fascinada la historia de este peñón -estupendo tu relato de tus vivencias- y la de las otras plazas españolas en Africa. Seguro que has leído esta obra : ‘Las Plazas Menores de soberanía española en África’ que escribió a principios del siglo XX Francisco carcaño Mas y que reeditó el ayuntamiento de Melilla.

Un cordial saludo

25. jonkepa - diciembre 18, 2008

Este está escrito por Eugenio Mariñas Otero y es un archivo PDF de acceso libre.
Igual os interesa.
Clicar en el enlace y os llevará al mismo.

26. Ed - enero 4, 2009
27. Ed - enero 4, 2009
28. Ed - enero 4, 2009

29. jonkepa - enero 4, 2009

Gracias Ed, he colgado dos de los vídeos en post aparte.
Uno de los videos está repetido.

30. Luciano López Gámez - septiembre 12, 2009

Viví en el Peñón entre 1936 y 1942 continuadamente y nunca pude volver a pesar de vivir en Melilla hasta 1955. Por entoces vivian alli cerca de 30 personas civiles, entre los que estaban mi padre el telegrafista, el farista, dos pescadores con sus familias,los mineros del plomo, los de la fábrica de yeso, Galvez el cantinero-tendero y su familia, el señor Morán el panadero, el comandante de la Plaza capitan Almenara y su familia. el sargento Ramos al mando del destacamento de la Compañía de Mar con su familia, el celador de telegrafos y su familia y varias personas más que no vienen a cuento. Teníamos hasta un farolero que diariamente , al anochecer, distribuia por distintos lugares del Peñón los faroles de petroleo. Quizas estos pocos datos den una idea de que mis vivencias sobre el Peñón tienen poco que ver con las del Sr. del Campo, siendo su relato muy bonito e interesante. Por cierto que el cafetín del Sevilla debe venir de un moro de Bades llamado el Sevilla que era el conductor del camión que traía el yeso para los hornos de la fabrica de yeso. Hasta luego con mis saludos.

Javier - abril 22, 2010

Comenta usted que recuerda al capitán Almenara. Mi padre, Gabriel Almenara, estuvo destinado en el Peñón por aquellos años, pero pertenecía a la Compañía de Mar y debía tener el grado de alférez. Me ha extrañado porque el apellido no es frecuente, y quizá se ha deslizado una errata. Un saludo.

31. fernando - abril 15, 2010

SR Luciano espero que me escriba a mi correo, soy el hijo de Arturo Gálvez, el de la cantina del peñó, quisiera mandarle fotos de mi estancia allí en 2008.
fernandoperote@hotmail.com

32. Javier Santos - julio 25, 2012

Carlos, recuerdo a tu “extensa” familia cuando vivíais en la Residencia de la Hípica. En especial a los de mi edad, como tu hermana Maite.
Yo no llegué a vivir en el Peñón, pero cuando estaba destinado en Comandancia lo visitaba algunas veces en helicóptero. teníamos que tomar en el istmo, hasta que construyeron el helipuerto de arriba.
Saludos.

33. Javier Boronat Fernández - septiembre 8, 2012

querido amigo CARLOS mira asi como hoy estab a un poco aburrido me puse a buscar y me encontrado de cuando tu eras pequeño y no sabes lo que e disfrutado leyendotu relato aunque como sabes yo estuve en Alhucemas mira ahi por si quieres llamarme por telefono ahi va es el 964058100 estoy viviendo en Castellon de la Plana me despido de ti con un fuerte abrazo

34. azor - octubre 4, 2012

Precioso relato y espero que dentro de muchos años,otro español nos siga haciendo relatos del Peñon de Vélez de la Gomera,tan español como las Playas del sardinero de Santander,desde donde escribo.Parece que la chusma mora que ayer se manifestaba delante del peñón,no entró en el mismo.Me alegro infinitamente.


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