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¿HUBO MARROQUÍES QUE SE LEVANTARON CONTRA FRANCO? diciembre 15, 2007

Posted by jonkepa in Historia, Rif.
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PASIONARIA, durante la Guerra Civil, aludió en un discurso a la “morisma salvaje, borracha de sensualidad, que se vierte en horrendas violaciones de nuestras muchachas, de nuestras mujeres […]. Moros traídos de los aduares marroquíes, de lo más incivilizado de los poblados y peñascales rifeños”. Franco, en su novela Raza, ofreció una visión radicalmente distinta de las fuerzas magrebíes: “¡Qué buenos y qué leales son!”, escribió. Pasionaria y Franco, pues, coincidían en considerar a los marroquíes como incondicionales aliados de los generales golpistas. Ambos mentían. Una, para aglutinar a los españoles frente al enemigo exterior; el otro, para demostrar la adhesión de los colonizados a su régimen. En realidad, muchos marroquíes se posicionaron contra el Ejército franquista.
 
LEALTADES DIVIDIDAS
Durante las primeras semanas de la Guerra Civil, el Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña apostó por pactar con los nacionalistas marroquíes y provocar una rebelión anticolonial que debilitara la retaguardia rebelde. Una delegación del Comité de Acción Marroquí (CAM), procedente del Marruecos francés, visitó Barcelona y firmó un acuerdo con las fuerzas políticas catalanas que jamás entró en vigor, pues el Gobierno de Madrid no lo ratificó al recibir fuertes presiones de París. Probablemente la decisión tuvo escasa trascendencia: los nacionalistas marroquíes tenían muy poca fuerza en la zona española y habían empezado a colaborar con las autoridades rebeldes a cambio de privilegios y concesiones políticas. Los anticolonialistas de las dos zonas -francesa y española- habían optado, pues, por estrategias distintas y la República no pudo contar con el apoyo de los nacionalistas, lo que no fue extraño, pues sus políticos no habían sido nada favorables a sus reivindicaciones de soberanía.
Pero muchos marroquíes no aceptaron la autoridad de los militares golpistas y el sentimiento anticolonialista jamás desapareció por completo, aunque Franco realizó un gran esfuerzo para comprar a notables locales y concedió un alto nivel de autogobierno al Protectorado (véase CLÍO, número 41). Incluso algunos marroquíes trataron de aprovechar el conflicto para liberarse de la dominación extranjera, al considerarlo una ocasión única para hacer triunfar un levantamiento anticolonial. Pese a todo, el riesgo de rebelión antifranquista era más bien reducido, ya que gran parte de los hombres en edad militar había marchado a España.

LA RESISTENCIA DESCONOCIDA
En Marruecos el alistamiento masivo provocó resistencias desde el inicio de la guerra, pero las autoridades franquistas lograron ocultarlo y numerosas obras publicadas han negado la existencia de intentos de insurrección. Ya en agosto de 1936, en la región de Ketama, hubo oposición al reclutamiento. Asimismo, en Gomara provocó disturbios, algunos soldados marroquíes desertaron y diversos puestos de los Regulares fueron asaltados con pistolas y bombas de mano.
La represión, dirigida por el general Luis Orgaz, fue ejemplar. Como este sospechaba que el jefe de la cabila -tribu bereber ­Beni Ahmed complotaba con los dirigentes de la cofradía de los darkauas para rebelarse contra el alistamiento, ordenó detener a sesenta personas. Se registró la zona y se incautaron trescientos fusiles. Uno de los principales arrestados no llegó al tribunal y probablemente murió por las torturas infligidas. Aunque los presos no confesaron ningún delito, tres fueron condenados a veinte años de prisión y seis recibieron penas menores. Pero la Delegación de Asuntos Indígenas, intranquila, dirigió un telegrama a los interventores -oficiales de asuntos indígenas- para que estuviesen atentos: “En estos momentos, todo personal [del] Servicio debe mantenerse alerta, vigilante y sereno”.
Quizás la revuelta que tuvo más importancia fue la que se produjo en marzo de 1937 en Yebbel Hamman, en la cabila de los Beni Urriaguel (a la que pertenecía el célebre líder independentista rifeño Abd el Krim). Los jefes tradicionales de esa zona convencieron a sus vecinos para que no se alistaran. Además, intentaron conseguir armas con apoyo de republicanos españoles residentes en el Marruecos francés. También solicitaron ayuda militar a los franceses, pero las autoridades del Protectorado galo se negaron a colaborar (solo un oficial, a título individual, apoyó a los insurrectos). Aunque los notables implicados en la rebelión no eran muy influyentes, se ganaron la complicidad de gran parte de los habitantes de la región. Pero los servicios de información franquistas eran muy eficientes y abortaron el complot al llegar las primeras armas.
 
UNA REPRESIÓN “EJEMPLAR”
Por aquella época dirigía los asuntos indígenas del Rif el teniente coronel Blanco de Izaga, a quien se ha querido presentar como un administrador colonial tolerante e integrado a la cultura autóctona. Pero este creía que no se podía actuar “con espíritu humanitario” porque el marroquí no lo “agradecería ni estimaría”; en consecuencia, ante el conato de revuelta, ordenó una represión “rápida, firme y constante”. A instancias suyas, decenas de personas fueron arrestadas y se las trató con contundencia. Según informes de los oficiales de asuntos indígenas, los detenidos fueron torturados con “presión testicular”, “suspensión en escalera colgados por las muñecas”, “presión de alicates en orejas y labios”, “un litro de vino cada uno”, “palos”… Además, muchos parientes de los presuntos implicados fueron detenidos y maltratados. Las mujeres fueron violadas. Los sospechosos, desnudos, recibieron decenas de latigazos en la plaza pública. Al jefe de la revuelta, el jeque Muhammad Ben Ali de Amar U Said, le dieron cuatro tandas de cien palos y después le arrancaron los testículos. Parece ser que, incapaz de aguantar el dolor y la humillación, quiso suicidarse. Según el informe médico, falleció “por agotamiento”. Para evitar que la revuelta se extendiera, se desplegaron tropas por la zona y muchos implicados fueron deportados a las islas Chafarinas.
 
FRANCO CONJURA LA REVUELTA
 
Durante 1937 y 1938, las autoridades coloniales detectaron nuevos descontentos. Un marroquí de la zona francesa atentó contra un puente y el Ejército respondió con una nueva oleada de detenciones (entre los arrestados había numerosos judíos, sospechosos de simpatizar con la República). En la segunda mitad de 1938, la insatisfacción aumentó. La guerra se prolongaba y el número de muertos y mutilados marroquíes se disparaba. Faltaban brazos para cultivar los campos y las familias pasaban penurias. Las autoridades coloniales se vieron obligadas a arrestar a decenas de notables insatisfechos. En algunos pun­tos, las mujeres organizaron protestas contra la movilización.
Muchos áscaris -soldados rasos- de permiso desertaban y huían a Tánger o a la zona francesa. La insatisfacción con frecuencia se canalizaba a través de la fe y, así, proliferaron actos religiosos en los que se rogaba por el fin de la guerra y el restablecimiento de una sola religión en el país. Muchos miembros de la cofradía de los darkauas conspiraban y también lo hacían Muhammad Azerkan y otros parientes de Abd el Krim, el líder rifeño que infligió la mayor derrota al Ejército español en Annual (1921). Los agentes secretos de la República instaron a Azerkan a organizar un grupo paramilitar y se mostraron dispuestos a facilitarle armas y municiones. La Delegación de Asuntos Indígenas franquista quiso comprarlo, pero simultáneamente ordenó la detención de algunos de sus familiares, que fueron usados como rehenes.
A fines de 1938 el riesgo de rebelión anticolonial parecía evidente. El descontento crecía, y Francia y Gran Bretaña parecían dispuestas a involucrarse en un levantamiento antifranquista para evitar que Alemania incrementase su influencia en Marruecos y controlase el estrecho de Gibraltar. La República organizó una revuelta anticolonial que debía ser liderada por los darkauas. Pero esta no se materializó, aunque los jefes de esa cofradía recibieron cuantiosas ayudas económicas. A inicios de 1939 los franquistas empezaron a repatriar tropas de África a Marruecos y las posibilidades de revuelta acabaron de esfumarse. Se cerró así una de las páginas más desconocidas de la Guerra Civil y sus protagonistas fueron borrados de la historia.

Gustau Nerín
Antropólogo y autor de diversas obras sobre la colonización española de África. Acaba de publicar “La guerra que vino de África” (Crítica).

Islam y Al Andalus

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